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Sobreviví a intento de homicidio

Saltillo, Coah.- Su tímida sonrisa lo dijo todo, era inevitable; los pasos del asesino seguían atormentándola en lo más profundo de su alma, como queriendo arrancarle lo más valioso que tiene: su vida.

Un mes ha pasado y Lesle Flores Treviño abre las puertas a Zócalo Saltillo para narrar los hechos sangrientos que la dejaron entre la vida y la muerte, aquellos que sólo ella puede plasmar y, ante la inocente mirada de su pequeño Joqsán, nos invitó a tomar asiento.

“Recordar es difícil, pero también es inevitable”,

"¡Hay alguien vivo ahí!"

Con la escopeta colgada al hombro, George Haas, robusto granjero de 59 años, echó a andar hacia donde estaba su camioneta por la orilla de un camino de un solo carril en el Parque Duck Mountain, en el límite de las provincias canadienses de Saskatchewan y Manitoba. Ese jueves 8 de noviembre de 2001, el sol del mediodía había elevado la temperatura a casi 0 °C y endurecido la capa de nieve que acababa de caer hasta ponerla tan resbaladiza como una pista de patinaje. Bien abrigado con guantes, gorra, botas y overol, Haas había recorrido 10

Ángeles en el río

Dale Buttenhoff se arregló como cualquier otro día: se afeitó, se duchó y se lavó el crespo pelo negro. Luego se secó, se puso un pantalón vaquero desteñido y unas botas de trabajo, y enfiló a la puerta, pero entonces se detuvo, se sacó la cartera, las llaves y una tarjeta de identidad, y las dejó en una mesa. En el lugar a donde iba no las necesitaría.
La niebla empañaba el sol del amanecer cuando un amigo lo llevó en auto a Portland, Oregon.

--Nos vemos en la noche --se despidió Buttenhoff al bajar.

Era una promesa más que no pensaba cumplir. Aquella fría y húmeda mañana de marzo de 2000, Buttenhoff, de 32 años, anduvo durante 45 minutos hacia el sur, con rumbo al río Willamette. Al avanzar veía cómo iban abriendo los negocios, pero él se ensimismaba cada vez más. Estaba abatido y ofuscado.
En un angosto muelle de madera sobre el que brillaba el
 
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