Con la escopeta colgada al hombro, George Haas, robusto granjero de 59 años, echó a andar hacia donde estaba su camioneta por la orilla de un camino de un solo carril en el Parque Duck Mountain, en el límite de las provincias canadienses de Saskatchewan y Manitoba. Ese jueves 8 de noviembre de 2001, el sol del mediodía había elevado la temperatura a casi 0 °C y endurecido la capa de nieve que acababa de caer hasta ponerla tan resbaladiza como una pista de patinaje. Bien abrigado con guantes, gorra, botas y overol, Haas había recorrido 10 kilómetros alrededor del bosque en busca de un alce que había avistado muy cerca de su vehículo. Al no encontrarlo, estaba ansioso por volver a su granja, a una hora de camino, donde su esposa, Esther, lo esperaba con comida caliente.
Poco después de la una de la tarde, se detuvo junto a él una camioneta pickup Ford plateada, de media tonelada de peso, que iba en dirección opuesta y en cuya cabina se apretujaban tres cazadores.
--¿No vieron más atrás mi camioneta? --les preguntó George--. Es café.
--Sí, como a un kilómetro --respondió el conductor, Mel Hiar, de 64 años--. Suba atrás y lo llevaremos.
Sus acompañantes eran Dave Robertson, de 58 años, y Glen Pattison, de 43, quien llevaba una escopeta entre las piernas. Se percataron de que Haas tenía el rostro enrojecido y estaba muy cansado.
Estos fogueados hombres de la zona de Lloydminster, Saskatchewan, llevaban más de 20 años cazando juntos y habían cobrado un alce el día anterior. En ese momento se dirigían a comer a su cabaña, cerca de las oficinas del parque.
--Con este hielo no podrán dar vuelta --les dijo Haas--. Iré caminando. No está lejos.
Pattison y Robertson sonrieron, pues sabían que Hiar no iba a permitirlo; siempre era el primero en ofrecer ayuda a quien la necesitara, sobre todo si era cazador como ellos.
--No tenemos prisa --replicó--. Iré en reversa.
Haas se acomodó en la parte trasera del vehículo, entre botellones de agua, neumáticos, una sierra de cadena y un gato. Con cuidado, Hiar empezó a retroceder lentamente por el sinuoso camino. Cinco minutos después, Haas divisó su camioneta al final de una pendiente ligera.
Cuando faltaban unos 100 metros para llegar allí, las ruedas del Ford perdieron tracción sobre la capa de hielo y el vehículo comenzó a patinar hacia la derecha, directamente a un abrupto declive. Cinco metros más abajo había un estanque de castores congelado.
Haas se preparó para saltar a la izquierda, pero las ruedas delanteras habían girado en esa dirección al rodar en reversa y podrían pasarle encima. Entonces miró hacia el otro lado: el inclinado terraplén estaba cubierto de afilados tocones de arbolillos que los castores habían cortado para construir su dique; si saltaba, quedaría empalado en ellos. Al ver que la caída era inevitable, se agazapó para protegerse.
--¡Ay, Dios! --gritó Pattison cuando la camioneta se precipitó de cola sobre el estanque.
Tras balancearse en el aire unos instantes, el vehículo cayó volcado sobre su techo y rompió la capa de hielo, de seis centímetros de espesor.
El impacto dejó sin aliento a Haas, quien sintió un agudo dolor en la pierna izquierda. La sierra, el gato y los demás objetos se le vinieron encima mientras se hundía con ellos en las turbias aguas.
El agua helada entró a chorros en la cabina a través del parabrisas roto. Hiar y Pattison quedaron de cabeza, y Robertson, doblado entre ellos con medio torso atrapado bajo el asiento. Mientras la camioneta se asentaba en el cenagoso lecho del estanque, de poco más de 1.5 metros de profundidad, Pattison alcanzó a tomar aire antes de que el agua le cubriera el rostro.
Atrapado bajo la caja del vehículo, Haas buscó a tientas por el piso de éste ladeando la cabeza; en una esquina cercana a la puerta trasera encontró una pequeña burbuja de aire y aspiró. Con la pierna izquierda palpitándole de dolor, deslizó el pie derecho por una orilla y entonces sintió pánico: el borde de la caja estaba enterrado en el lodo.
Con el agua helada hasta la barbilla, tomó aire una vez más. Cálmate, o eres hombre muerto, pensó.
La oscuridad no lo asustaba. Antes de hacerse granjero había trabajado 35 años en las minas de potasa de Saskatchewan y se había sumergido en aguas turbias muchas veces. ¿Cómo se abre la puerta trasera por dentro?, se dijo, pero sabía que era imposible: no había manija interior. ¡Tengo que encontrar otra salida!
Al buscar de nuevo con el pie, encontró una abertura en el lodo cerca del hueco de una rueda. El vehículo estaba atravesado sobre un pasadizo de castores de unos 30 centímetros de ancho. Usando las manos como palas, lo agrandó a toda prisa e introdujo la cabeza y un hombro, mas no pudo pasar el resto del cuerpo. Durante varios segundos escarbó para ensanchar el hoyo. Desesperado por respirar, se aferró al borde de la caja y trató de volver a donde estaba la burbuja de aire, pero el overol se lo impidió al abombarse. Entonces se echó hacia atrás lo más que pudo y, apoyando la pierna ilesa en el hueco de la rueda opuesta, tomó impulso y finalmente logró escapar.
Calculó que llevaba al menos tres minutos bajo el agua. Estoy a salvo, pensó mientras buscaba la superficie.
Glen Pattison era un hombrón de 159 kilos. De cabeza bajo el agua, con la coronilla pegada al techo de la cabina, ni siquiera alcanzaba a verse la mano mientras trataba de orientarse. Jaló la manija de la portezuela, pero ésta no se abrió. Tampoco pudo romper la ventanilla golpeándola con la escopeta. Entonces pensó en su esposa, Alice, y en sus dos hijos. No volveré a verlos si no consigo salir de aquí, se dijo. Sintiendo que se le reventaban los pulmones, se retorció hasta enderezarse, apoyó la cara contra el piso de la cabina e inhaló aire de una burbuja.
En eso, un cuerpo se movió a su lado. Lo aferró por las ropas y jadeando preguntó:
--¿Dave? ¿Estás conmigo?
Robertson asomó la cara por la burbuja, pero estaba tan inmovilizado entre el asiento y la caja de la transmisión, que apenas podía sacar la nariz.
--Sí --balbució escupiendo agua.
Hiar, aún de cabeza en su sitio, no se movía.
--No pude romper la ventanilla
--dijo Pattison.
Robertson encontró la manija, pero sólo consiguió darle dos vueltas. Intentó girarla una y otra vez, mas fue en vano. Exhausto, volvió a hundirse.
Haas había logrado salir del vehículo, pero se topó con la capa de hielo. Al patalear removió el cieno y enturbió aún más las aguas. Volviéndose de espaldas, golpeó con los puños la superficie congelada; luego pegó la cara al hielo, ahuecó las manos y exhaló. Funcionó: el aire de sus pulmones quedó atrapado en una burbuja. Succionó ésta, revuelta con un poco de agua, y de nuevo trató de abrirse paso, pero era como querer traspasar un muro.
Abrumado por las náuseas, formó y succionó burbujas otras seis veces, conteniendo el aire el mayor tiempo que podía, mientras el frío y la falta de oxígeno lo iban debilitando. Tenía los pulmones y el estómago medio llenos de agua. A punto de desmayarse, se dijo: ¡Intenta otra cosa!
Agachado y con la pierna ilesa bien plantada en el lodo, se impulsó con todas sus fuerzas hacia arriba y estrelló el hombro derecho contra el hielo. El impacto abrió un agujero, pero no lo bastante grande para sacar la cabeza. Lo intentó de nuevo, y esta vez consiguió asomarse. Jadeando, apoyó el brazo sobre la superficie para salir, pero entonces se desmayó.
Robertson hizo otros tres intentos desesperados por alcanzar la burbuja de aire, que estaba a punto de consumirse. Desfalleciente a causa del agua helada, dijo para sus adentros: Se acabó. Me voy a morir aquí.
Haas volvió en sí tosiendo agua. Estaba metido hasta el pecho en el boquete abierto en el hielo, y temblaba de frío y conmoción. Calculó que había estado atrapado más de cinco minutos. Al mirar alrededor vio la camioneta volcada, a dos metros de distancia. Las ruedas traseras sobresalían y el frente estaba parcialmente sumergido. ¿Seguirán en la cabina?, se preguntó.
Se abrió paso hasta la puerta trasera rompiendo el hielo con los hombros. En eso, un resuello rompió el silencio. ¡Hay alguien vivo ahí!, pensó el granjero, y tropezando caminó hasta el lado del copiloto. Tras romper otro bloque de hielo, se sumergió, miró por la ventanilla y vio una nuca.
Trató de abrir la portezuela, pero el techo aplastado y el hielo se lo impedían. Asiendo la manija con ambas manos y olvidándose del dolor de la pierna, apoyó el otro pie contra el costado del vehículo y tiró con todas sus fuerzas.
La portezuela se abrió con tal violencia, que se golpeó con ella y cayó de espaldas un metro atrás, sobre el terraplén. Luchando contra el mareo, se dijo: No puedo desmayarme. Soy su única esperanza.
--¡Veo luz! --dijo Pattison jadeando cuando la portezuela se abrió.
Robertson también la veía.
Haas vadeó de nuevo hasta la camioneta y buscó el cinturón de seguridad de Pattison: no lo llevaba puesto. Estaba sentado de espaldas junto a la portezuela, así que el granjero lo sujetó de las caderas y tiró con fuerza. Como el corpulento cazador estaba atorado en el marco, lo empujó hacia dentro y lo agarró de los hombros. Esta vez logró sacarlo y arrastrarlo hasta la orilla.
Al ver que empezaba a recobrar el color, le preguntó:
--¿Se siente bien?
Escupiendo agua, Pattison asintió con la cabeza. Entonces Haas se apresuró a sacar a Robertson.
Los cazadores se recuperaron en seguida y ayudaron a George a rescatar a su compañero. Hiar no respiraba. Mientras Robertson lo sostenía fuera del agua, Pattison se puso a darle respiración de boca a boca, y Haas, de rodillas, a comprimirle el pecho.
--¡Está respirando! --exclamó Pattison por fin.
Era increíble que siguiera vivo después de haber estado tanto tiempo bajo el agua.
Al darse cuenta de que era imposible subirlo por el empinado terraplén hasta el camino, Robertson dijo:
--Alguno de los tres tiene que ir a buscar ayuda.
--Iré yo --repuso Haas.
Trepó por el declive cubierto de nieve y caminó con dificultad hasta su camioneta. Luego se dirigió a las oficinas del parque, a 12 kilómetros de distancia. Se detuvo dos veces: una para pedir a dos cazadores que acudieran al lugar del accidente y la otra para vomitar agua negra.
Al llegar al estanque, los cazadores subieron a Hiar y lo acostaron sobre una lona. Pattison y Robertson consiguieron trepar hasta el camino, y al cabo de 20 minutos vieron llegar una ambulancia.
Tras cambiarse de ropa y entrar en calor en su cabaña, Pattison y Robertson condujeron 20 kilómetros en un camión de mantenimiento del parque hasta un hospital de Kamsack, Saskatchewan, donde un médico les dio la triste noticia de que Hiar había muerto.
A pesar de su dolor, los cazadores se dirigieron a la sala de emergencias a darle las gracias a Haas, quien estaba recuperándose de la hipotermia. Dándole un fuerte abrazo, Pattison le dijo:
--Le debemos la vida.
El 25 de septiembre de 2002, la gobernadora general canadiense Adrienne Clarkson le otorgó un reconocimiento a George Haas por su heroico intento de salvar a los tres cazadores.
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